La primera reacción ante la palabra “compasión” en países de tradición católica es con frecuencia de rechazo. Solemos asociarla a lástima, situaciones de pobreza, pena o malestar. Aquí nos referimos a algo muy distinto. Queremos transmitiros uno de los recursos para potenciar la felicidad que más evidencia científica está brindando.

Etimológicamente, estamos hablando de los vocablos cum+passio, que podríamos traducir como “sufrir con”, “sufrir juntos” o “tratar con emociones”.


Definimos la compasión como “la capacidad de percibir y comprender el sufrimiento (propio y ajeno) que activa una intención auténtica de eliminarlo o reducirlo, unido al conocimiento de cómo hacer esto de modo eficaz. Está conectada con el deseo de que todos los seres sean felices” (Taibo Corsanego, I., 2018)


Está claro que es algo difícil de explicar, y en nuestro país el concepto genera algo de rechazo. Realmente puedes llamarlo como quieras, o ni ponerle un nombre, porque aquí lo que importa son las habilidades que pretendemos desarrollar.

Partimos de algo tan potente como la necesidad de ser hábiles o sentirnos capaces, de gestionar el sufrimiento que pueda aparecer, dentro y fuera de nosotros.

Al desarrollar este conocimiento, no sólo conseguimos sufrir menos, también sufrir mejor. Como también trabajamos en lo que nos pasa con los demás, nos liberamos de múltiples enganches de la mente. Incluso en la medida de lo posible también les ayudamos a sufrir menos ahora y en el futuro. Punto importantísimo, ya que así contribuimos a la reducción del sufrimiento del mundo, lo cual mejora mucho la estabilidad y profundidad de nuestra felicidad.


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